IBIS: LA RUTA OLVIDADA
Amanece
sobre la vastedad de la Vega de Antequera. Se extiende la fértil planicie hasta
donde la vista alcanza. Un agricultor lleva toda la mañana escamado por una misteriosa
presencia. Entre los gruesos terrones, dos extraños seres alados, negros como
un cielo encapotado, andurrean al rebusque aquí y allá. Largos picos curvos, y
una cabeza pelada rematada de cresta punky
tras la nuca, les hacen feos, rematadamente feos en opinión del lugareño.
Al poco, un rastreador de aves escudriña el barbecho de los pájaros azabache. La noticia llegó a sus oídos, y ojea con ansia hasta el más mínimo atisbo. Un ojo en tierra, el otro, cual camaleón, proyectado sobre la pantalla con GPS activado, la del dispositivo móvil que sostiene: conectado a un satélite, este le indica en tiempo real, con ínfimo margen de error, que el par de bichos sombríos se encuentra ante sus propias narices. Portan los ibis unas mochilitas con emisores a sus espaldas que geolocalizan su ubicación. Los hombres de ciencia se los colocaron para obtener tan valiosa información. Hoy nos permiten rastrear, sin pudor alguno, los más íntimos movimientos de sus emplumados portadores. ¡Por fin! ¡Ahí están! La pareja ocupa el centro de la imagen, en los potentes binoculares del ornitólogo espía.
Todo empezó meses antes, muy lejos de aquí.
Cuando aquel pollito austríaco de ibis rompió
desde dentro el cascarón con su incisivo “diente de huevo”, se hizo la luz, una
luz cegadora. Y allí apareció, justo delante; era ella, su madre, o a decir
verdad quien él creyó era su madre: el primer ser vivo u objeto que vio moverse
nada más nacer. Se había producido la "impronta", ese fascinante fenómeno
del comportamiento animal (en especial las aves nidífugas, que abandonan
el nido nada más nacer), estudiado por el prestigioso científico austriaco
Konrad Lorenzo, por el que obtuvo en los setenta el Nobel de Medicina. En
segundos se estableció un lazo invisible de acero, un nexo que nadie borraría
jamás, que permanecería toda su vida en el corazón de aquella despeluchada y
débil avecilla. De adulta la seguiría a todas partes; e incluso en época de
celo cortejaría a individuos semejantes a ella. Así fue como la incondicional cuidadora,
que se desvivió sin separarse jamás de tan frágil criatura, se convertiría en
su madre adoptiva por méritos propios. Idéntica impresión se produciría con
el resto de pollitos de aquella hornada de treinta y cinco aves sedientas de
vida que fueron naciendo al calor de la incubadora. Constituía el prometedor Proyecto
Waldrapp, nombre en alemán del ibis. La primera etapa de la operación
Ibis había resultado todo un éxito. Ilusionados, los técnicos
cruzaron los dedos esperando buenaventura en las emocionantes fases venideras.
Y llegó el
día esperado. Era el 21 de agosto de 2023. Aquella mañana vienesa amaneció calma.
La piloto austríaca atravesaba los hermosos cielos europeos. No iba sola… Tras ella
una larga y oscura estela: su incondicional comitiva, la negra bandada de pájaros
ansiosos. No pensaban por nada del mundo dejarla marchar. Ni habría millas
suficientes para separarles de su obsesiva figura de apego. En total dos aviones
ultraligeros, a bordo de los cuales sendas ornitólogas, que hacían de
atrayentes imanes. En la mente de las científicas un objetivo: enseñar a las desgarbadas
zancudas el recorrido de aquel puente aéreo que se convertiría a la postre en
su ruta migratoria, la que hubieron surcado incansables sus antepasados por
cientos de generaciones antes de que el implacable azote de la extinción
provocase su definitiva desaparición de la faz de la vieja Europa.
El
jefe de la expedición de aquella audaz singladura lo describiría con gran
emoción: sentía pertenecer a la bandada, ser uno más entre los pájaros, conduciéndolos
hasta su deseado destino. Cortando el viento, la peculiar comitiva surcó el
viejo continente. Atravesaron cordilleras y montañas, sobrevolando relieves
accidentados y paisajes portentosos. Allí
abajo divisaban los Alpes, más tarde atravesarían los Pirineos. Ya volaban
sobre la piel de toro, Iberia. Tras tamaña singladura, con 2.300 Kilómetros a
la espalda y varias escalas en mitad de la ruta, la llegada a tierras
gaditanas, su anhelada parada final, no resultó nada fácil. Las condiciones
atmosféricas quisieron arruinar la llegada a meta de la expedición migratoria.
Un intenso viento de levante amenazaba con disgregar y extraviar al grupo, si
no terminaba haciendo estrellar a pájaros y ultraligeros. Fue preciso
improvisar raudo un aterrizaje de emergencia antes de tiempo, a cierta
distancia del punto de destino. Aun así
lo habían logrado. Habían llegado a la tierra prometida, la Janda, territorio
de oportunidades. Dejaban atrás miles de kilómetros de dura travesía. Reconquistaban
aquella comarca, la que alojase estampadas sobre paredes las siluetas de sus
antepasados, dibujadas al resguardo de las ocultas cavidades. Desde aquí se
expandirían a territorios vecinos. La felicidad invadía los corazones de toda
la expedición.
Habrá
quien piense que aquel día el hombre cometió una osadía, jugó a ser Dios.
Traslocó una colonia de aves hasta un territorio del que había desaparecido siglos
atrás. Y no satisfecho, se introdujo en la cabeza de los pájaros, implantando
en sus mapas mentales una ruta legendaria, aquella que un día olvidaron, la
ruta migratoria que en el pasado guió
por los otrora límpidos cielos de la vieja Europa a la estirpe de los ibis
eremitas. Puente aéreo que quedó grabado a fuego, para que fuese repetido de
nuevo, año tras año, por generaciones. Aquel día se redibujó con trazo nuevo la
vieja ruta, antigua y secular, que en la noche de los tiempos el clima, el
hombre y los elementos se confabularon para desdibujarla del mapa de la memoria
hasta provocar la extinción continental del antiguo pájaro de los jeroglíficos,
el ibis.

