EL SUICIDIO DE LAS CABRAS
Un montañero escala con pericia el paredón que cae a plomo. Acaba de hacer pasar cuerda por el mosquetón para asegurar su avance. Allá arriba, colgado en mitad del cantil calizo, retrepa por encima de la Escalera Árabe.
La denominación de este singular enclave, con sus más de 250 escalones esculpidos en la roca madre, es inexacta, pues su talla y elaboración correspondió a épocas más recientes.
De pronto, por segundos parece el cielo nublarse. Aborda al escalador la sensación de que algo voló por los aires, describiendo una trayectoria descendente.Si retrocedemos unos minutos en la escala del tiempo indagaremos en los hechos precedentes. Un ser acababa de hacer aparición en el escenario, encumbrando el risco hasta recortar su caprina silueta sobre el horizonte. Un animal hecho a la montaña. Pero aquella hispánica no lucia buen aspecto. A decir verdad su imagen resultaba macilenta. Algo la tenía perforada de mil agujeros, conformando un pelaje con deplorable aspecto; y eso donde le quedase pelo, pues numerosos tramos de su cuerpo lucían amplias calvas. La salud hacía tiempo que se despidió de la montesa para nunca más volver.Nerviosa, se encontraba fuera de sí. Carcomida por dentro, avanzó sin prisa hacia el borde del abismo. Se detuvo... los segundos transcurrían densos, como el aire denso de aquel tórrido estío que envolvía, pesado, la sierra infinita. De repente, como si la vida hubiese dejado de tener sentido, el desdichado animal dio un salto... el salto definitivo. Un salto al vacío que le conduciría al fin de sus sufrimientos. La ley de la gravedad se encargaría del resto, el trabajo sucio.
Nadie sabrá jamás qué pasó por la mente del pobre animal en aquellos precisos segundos. Un comportamiento antinatural, podríamos concluir. Mas es fácil opinar cuando no tienes el cuerpo acribillado de un parásito que te está royendo lento e inexorable hasta hacerte enloquecer.
La sarna es una enfermedad que ataca a las caprinas sin piedad, en ocasiones de un modo muy virulento. Un prurito insoportable que las puede llevar a extremos como el que ocupa esta verídica narración.
Aquel ácaro insidioso, el arador de la sarna, era una hembra que, tras ser fecundada y morir su consorte, la emprendió con su hospedador a base de bien, practicando túneles bajo su piel, donde comenzaría a poner sus huevos, acompañados de unas toxinas que comenzaron a causar alérgicas reacciones al desventurado rumiante. En medio de aquel caldo de cultivo se produjo la eclosión. Nacerían inquietas larvas que, con ansias de libertad, emergieron a la superficie, transformándose allí en ninfas y más tarde en adultos. El contagio estaba servido. Dos formas, ninfa y adulto, que pasarían fácilmente de un rumiante a otro con solo mediar contacto entre los bóvidos en el seno del rebaño.
Mas no sería aquella la última vez en que senderistas y habitantes de la sierra presenciaran hechos similares, viendo “llover cabras” desde lo más alto de las cumbres.

