UN CÁRABO EN EL SERVICIO DE SEÑORAS

 

Un relato sobre la palpitante vida nocturna que conocí en el Paraje de El Chorro (Álora, Málaga)



Era noche cerrada en el corazón del bosque de Los Gaitanes. De pronto, el silencio de la noche se vio bruscamente quebrado por unos escalofriantes sonidos que parecían mezcla entre ladrido y grito, produciéndome un gran sobresalto. Provenían del bosque en las cercanías, y eran emitidos por un zorro en plena actividad crepuscular.

Así comenzaba una jornada más en la vida nocturna del bosque en pleno Paraje Natural del Desfiladero de Los Gaitanes, en El Chorro, donde tendría la oportunidad de conocer a los diferentes habitantes crepusculares, que ahora iniciaban su actividad, y donde las masas boscosas de pinos carrascos de este singular espacio protegido son el hábitat que constituye su confortable hogar.

Apagué mi potente linterna Led Lenser M7R y, ayudado de mi rústico bastón de madera, tallado artesanalmente a mano, comencé a caminar a oscuras entre los árboles para no llamar la atención de los animales salvajes, cuando me di cuenta de que acababa de propinar involuntariamente un acertado puntapié a un objeto gordito y rollizo que, tras volar ligeramente,  volvió a rebotar contra el suelo y terminó rodando. Lo enfoqué y, desde allí abajo me estaban mirando, entre sorprendidos e iracundos, un par de grandes ojos que pertenecían a un enorme y verrugoso sapo, que intentaba volver a incorporarse y recuperar su dignidad perdida tras un accidentado revolcón. De pronto, el batracio comenzó a elevar su cuerpo sobre unas patas estiradas, y a hinchar el tórax, mientras empujaba suavemente con uno de sus costados, contra los bajos de mi pantalón, pretendiendo aparentar un tamaño y aspecto intimidatorios que me hiciesen desistir de pretender comérmelo, aunque esa no era realmente mi verdadera intención, como creo que el lector ya se supondrá.

Varios días más tarde, un luna llena resplandeciente iluminaba con su suave luz las copas de los árboles, y producía un brillante reflejo sobre la superficie del embalse del Conde del Guadalhorce, cuyas aguas, provenientes de río Turón, conformaban una vasta superficie brillante envuelta delicadamente por unas recortadas orillas.

En otra ocasión, me encontraba cortando trozas de leña, mientras la imaginación me hacía emular a aquellos pioneros que, con su duro trabajo, se enfrentaron por primera vez a las frías tierras de Alaska. El trabajo manual con las trozas de las coníferas, también me hizo pensar que fue precisamente la madera y leña de bosques como estos la que aportó a nuestros antepasados de la prehistoria el calor en torno al cual reunirse y cocinar sus alimentos, así como defenderse de las fieras que les acechaban. Precisamente, en el entorno de estos parajes fue donde vivieron unos grupos de hombres muy antiguos que dejaron impresas una serie de pinturas y grabados rupestres, considerados de los más antiguos de toda Europa. Se encuentran en la cercana Cueva de Ardales, donde también quisieron imprimir su huella personal, dejando las únicas pinturas de manos paleolíticas de toda la Península Ibérica, junto a las de Puente Viesgo, en Cantabria.

A los golpes secos del hacha, cuya hoja intentaba abrirse paso entre las duras y resinosas fibras de la madera, se vino a unir, en armonioso coro, un agradable canto proveniente de la penumbra, que contrastaba con el escalofriante ladrido emitido antes por el inesperado raposo. Se trataba de suaves notas aflautadas, monótonas y de tono lastimero, que atestiguaban la presencia de una pareja de cárabos, rapaces nocturnas que resultan relativamente fáciles de oír en estos lares, pero prácticamente imposibles de ver. Se trata de los reyes indiscutibles de la noche en el bosque de Los Gaitanes, pues se encargan de mantener a raya las poblaciones de topillos y ratones que conforman su dieta y que, de lo contrario, se multiplicarían hasta convertirse en verdaderas plagas.

Aún recuerdan los del lugar aquel simpático cárabo que se refugió durante varios días en las instalaciones del camping Parque Ardales, haciendo del servicio de señoras su lugar preferido donde permanecer durante el día, y convirtiéndose, así, en un simpático aunque incómodo mirón que, con grandes ojos, controlaba indiscretamente, desde su privilegiado posadero, la interesante vida que allí dentro se desarrollaba.

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