CERNÍCALOS. VIDA DE UNA COLONIA
| La mirada del cernícalo primilla |
Al comenzar el día, protegido bajo el alero del verde tejado de la barroca San Sebastián, la torre más alta de la ciudad de Antequera, un bonito macho de cernícalo primilla observa desde su oteadero el arracimado grupo de polluelos que este año, él y su fiel consorte criaron solícitos. Los pequeños, que lucen ya plumaje y talla casi de adultos, esperan con impaciencia la llegada de alimento, mientras observan todo lo viviente desde su cornisa, sobre la que arranca el último tramo de la hermosa torre de ladrillo visto. Inofensivas escaramuzas se suceden entre los hermanos, pues cual jóvenes, reivindican su espacio.
Nacieron en la oscuridad de un nidal de madera, bajo la gran campana que de cuando en cuando repica sobre sus oídos. Ubicación que resultó ser un acierto, pues año tras año es elegida como la predilecta por estas parejas de pequeños halconcillos de los tejados, para esconder su secreta puesta de huevos moteados, de los que eclosionaron sus pequeños retoños de blanco plumón algodonoso.
Como llamativos semáforos distintivos, hasta cuatro machos adultos de bonita caperuza azulada aparecen sobre la colonia de San Sebastián, que se erige como uno de los cuatro cuarteles donde a día de hoy sobreviven sendas concentraciones de primillas en el casco urbano de la ciudad de El Torcal. Y lo hacen milagrosamente a duras penas, pues las pretéritas restauraciones de estos seculares edificios eclesiales –un gran acierto a nivel patrimonial- no tuvieron en cuenta, por contra, la conservación de los mechinales, aquellos agujeros -ideales emplazamientos para sus nidos- que a lo largo de la historia se abriesen en sus fachadas para la sujeción de andamiajes. Así mismo, las tejas otrora deterioradas de las cubiertas, y hoy perfectamente alineadas, harían también desaparecer de un plumazo otro de los emplazamientos que los primillas utilizasen desde antaño. Modernidad y vida natural, no siempre de la mano, que sugieren para futuras intervenciones que otra forma de actuar sería posible, buscando soluciones técnicas que a ambos beneficien.
Pero el día avanza rápido, y el sol comienza a apretar. No hay tiempo que perder en nuestra misión de detectar nuevos ejemplares. En poco tiempo los cernícalos abandonarán sus posaderos, iniciando su diario peregrinar tras la pista de los saltamontes, lagartijas y grillos con que ceban a sus insaciables polluelos.
De un salto nos colocamos frente a la fachada derecha de la Iglesia de San Pedro, desde siempre la mayor colonia de primillas de toda la ciudad. Su orientación meridional ha resultado ser la preferida por estas pequeñas rapaces. Tal vez por constituir el sector del edificio con un menor grado de intervención, y estar además aislada de las transitadas calles de su entorno. Conserva agujeros, mechinales y escondites perfectos para estas pequeñas aves de presa, nuestros aliados que mantienen a raya los invertebrados perjudiciales para los campos. El céntrico Mirador de los 360 Grados nos permite una visión privilegiada de sus secretas vidas.
| La ciudad de Antequera |
Bajo el sol se levanta la espadaña de San Zoilo, donde una pareja de esbeltas cigüeñas se encaprichó hace años en emplazar su voluminoso nido. Este año, por circunstancias diversas no han criado, y la pareja se encuentra sola, sin polluelos que alimentar. Pero eso sí, despliegan sin cesar una admirable conducta de fidelidad en su relación. Y, como si en época de cría se encontrasen, un sonoro y entusiasmado crotoreo emiten con su reiterado repiqueteo, como cariñosa muestra de bienvenida cuando el consorte aterriza a su vera tras prospectar los campos en busca de alimento.
La vieja torre-campanario de San Pedro siempre albergó, en los mechinales de su repisa inferior, algún que otro nido de primillas. Este año lo volvieron a hacer. Y hoy, la pollada observa el mundo con el brillo del sol en sus ojos. De pronto, uno de sus progenitores aterriza muy apresurado, y en un visto y no visto suelta sobre su prole una presa aun caliente, recién capturada en los predios cerealistas de la fértil tierra que envuelve a Antequera. Es presa larga, quizá lagartija. En segundos, la fina cola del pequeño reptil es lo único que queda colgando del pico de uno de los polluelos. El más glotón tal vez, que terminó haciéndose con la ceba para él solo. Competencia entre hermanos. Así de dura es la vida sobre las soleadas cornisas de ladrillo viejo de Antequera.
Así como la añosa torre alberga esta prolífica familia de primillas, también la fachada exterior de la Capilla de la Epístola aloja, en una oscura oquedad, a otra familia vecina. Y así, observamos hasta ocho ejemplares de esta pequeña rapaz, repartidos en diferentes recovecos de la Iglesia de San Pedro.
Nuestros prismáticos y telescopios se giran ahora para dirigirlos hacia la Iglesia Patronal de los Remedios. De pronto, un llamativo ejemplar masculino bajo el dintel del cimborrio delata la presencia de otra pareja, quizá la única que compone esta colonia menor. El semáforo de los capirotes azules de los machos indican que otra pareja mora el lugar.
Y ya en las afueras del casco urbano, cerca de la Puerta que desde antiguo sirviese de entrada y salida para los viajeros que conectaban esta ciudad con Granada, se erige la Iglesia de Belén, cuarta colonia primillar antequerana. Aquí en Belén, al igual que en Los Remedios, otra pareja aislada estableció también su protegida morada de cría. Mientras la protectora madre de familia sobrevuela vigilante el cuerpo del edificio, uno de sus pollos la observa desde el interior del profundo mechinal que se abre bajo el alto cimborrio.
Al final de la jornada, echando una mirada a las notas de campo junto a Julio Carralero, compañero de observaciones, concluimos que, a pesar del descenso de su población en los últimos años, aún gozan hoy los primillas de una aceptable situación en nuestra ciudad. Los números nos hablan de dos colonias mayores –léanse San Pedro y San Sebastián-, y otras dos colonias menores: Los Remedios y Belén, cada una de ellas habitada anualmente por al menos una pareja de cernícalos. Cada una de estas fértiles parejas aportará, un año más, un puñado de prometedores polluelos, que con esfuerzo llevarán finalmente a buen puerto. La colonia supera hoy la veintena larga de ejemplares.
Así sobrevive a lo largo del tiempo la antigua colonia de cernícalos primilla de Antequera, luciendo en los cielos su inconfundible silueta, patrimonio natural de esta tierra.

